viernes, julio 03, 2009

Emprendedoras














Ya hace varios meses que estoy colaborando con la revista Yo Dona. Se trata de una sección muy agradecida, Info Emprendedora, que cuenta la historia de una empresa joven creada por una o varias mujeres. Mañana aparece una de mis colaboraciones, sobre Ensanchez, una tienda y marca de bolsos creada por dos hermanas. Y el próximo sábado, Dal Bat, una marca de ropa de una joven granadina.
No todo es moda, porque de hecho ya aparece mucho sobre el tema a lo largo de la revista, un suplemento que se entrega los sábados con el diario El Mundo. Anteriormente he escrito, por ejemplo, sobre las arquitectas de Habitar Arquitectura, que aparecen en la foto mientras eran fotografiadas por el fotógrafo, Aníbal, en la Posada del Dragón, que están restaurando en la Cava Baja de Madrid. También sobre las hermanas Alfonso, que dirigen el Instituto Tecnológico PET, en el que se fabrican los radiofármacos que se inyectan a los pacientes que se van a someter a un TAC.
En este blog suelo ir añadiendo, a la derecha, miniaturas de esas páginas publicadas con enlaces a sus webs, a medida que las voy escaneando. Pero para leer la sección hay que comprar el periódico el sábado, porque no la cuelgan en la web.

jueves, mayo 28, 2009

Al infierno los obispos

Lo poco que me quedaba por ver de los representantes de la iglesia católica en España lo ha publicado hoy el Abc en su suplemento Alfa & Omega, que edita el arzobispado de Madrid, según leo en elpais.com. Airados como están los obispos por haber sido excluidos de la vida política y por haber perdido la influencia de que gozaron en los años del franquismo, arremeten ahora contra la nueva ley del aborto, y lo hacen empleando argumentos de tertuliano chillón de programa banal de canal de televisión cutre.
En concreto, el redactor jefe de la publicación considera más grave el aborto que la violación, que, en una sociedad en la que, dice, el sexo se banaliza y se disocia de la procreación, podría considerarse un rato de diversión obligada. Con ésta y otras burradas que suelta este personaje, mi opinión hacia los máximos representantes de la iglesia católica en España no hace más que empeorar. Me pregunto si no se puede empapelar a este supuesto periodista por hacer apología de la violación.
Todo esto ocurre el mismo día que uno de los susodichos obispos, Antonio Cañizares, destacado en Roma como cardenal prefecto de la Congregación por el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha pedido perdón por los abusos cometidos contra menores en las escuelas católicas irlandesas entre los años cincuenta y ochenta pero, lejos de callarse, su boca, como si fuera la de un animal irracional, ha soltado que aquellos abusos son menos graves que los “millones de vidas destruidas por el aborto”.
Hay mucha gente, lo sé, que trabaja y cree en la iglesia católica, que hace buenas acciones y ayuda a los necesitados y tiene unas ideas que, como las el resto de los mortales, puede discutir, al menos aquellos que tienen la suerte de vivir en democracia; no es el caso de los obispos, cuyas almas parecen corrompidas y renegadas por la libertad de culto y de pensamiento.
No voy a dar aquí mi opinión sobre el aborto, no al menos hoy. Hoy sólo quiero que quede claro que en mi opinión, si hay un infierno, que se lleve, ya, a los obispos a penar.

martes, mayo 19, 2009

Spam telefónico


Cuando era un crío, el teléfono –el fijo, por supuesto; no había otro– era algo imprescindible en cualquier hogar, pero no por ello se abusaba de él. Su uso quedaba restringido a llamadas familiares y necesidades puntuales. Para las relaciones personales estaban la calle y, a distancia, las cartas, que tanta ilusión hacía encontrar en el buzón al llegar a casa al mediodía. Sí es verdad que, al llegar la adolescencia y los primeros tonteos con las chicas, la factura del teléfono subía. En mi casa no había restricciones como las que tenían algunos amigos y compañeros de colegio, a los que recriminaban incluso las llamadas entrantes, quién sabe si por creer que también había que pagarlas o, más bien, para evitar que se le cogiera cariño a un aparato que no era especialmente barato.
Yo no fui nunca muy amigo del teléfono, y quien me conoce sabe que a través de él no me muestro especialmente hablador; no tengo una explicación consciente, pero no me apasiona. Cuando llegó la moda de los teléfonos móviles –al principio era eso, una moda–, me resistí a tener el mío. Hasta que la revista donde trabajaba cerró y pensé que, en pleno verano, si quería volver a la playa de la que había tenido que ir apresuradamente a Madrid y, al mismo tiempo, ponerme a buscar trabajo, me vendría bien estar localizable.
Han pasado los años y mi factura de móvil sigue siendo discreta. Casi me siento un bicho raro porque recurro a los mensajes escritos en pocas ocasiones. Y, claro, recibo muy pocos. Eso sí, casi diariamente (entre cuatro y cinco veces por semana en los últimos dos meses) me llegan mensajes de Movistar, ofreciéndome servicios que, por lo que llevo aquí escrito, es fácil deducir que no me interesan en absoluto. También me llaman por teléfono, y les he explicado por activa y por pasiva que no me interesan este tipo de ofertas, ninguna, que si quiero algo, ya les llamaré yo. ¿Han dejado de llamarme?
No dejan de llamar, y se suman a las llamadas, al fijo y al móvil, de Orange y Vodafone, pero también a las ofertas de ADSL de Jazztel y todo el rosario de operadores que han ido surgiendo. Además, está el horario de trabajo que tienen estos comerciales. He recibido llamadas a las cuatro de la tarde, a las diez de la noche y en horas igual de intempestivas incluso en fin de semana. Y he tenido la educación –y la santa paciencia– de no colgarles, de explicarles que no me interesa cambiar nada, que no son horas de llamar y que lamento que tengan que trabajar en ese horario. Nada sirve, siempre tienen un arma con la que contraatacar. La educación es respondida con frases del manual que les ponen delante cuando llegan a su puesto. Hasta el punto, y eso no sé si está en el manual, de que algunos llegan a ser impertinentes y a decir lindezas como: “¿Me está diciendo que prefiere seguir pagando más en lugar de aceptar lo que le ofrezco?”, como el que te pregunta si eres idiota. Quizá lo sea, aunque también sé que no te leen la letra pequeña que restaría atractivo a su oferta. Pero lo absolutamente cierto es que, si me dejara llevar, cambiaría de operador cada dos meses, y no precisamente para dejar de pagar una de las tarifas de ADSL más caras de Europa.
El otro día fui yo quien llamó, en este caso a Telefónica, para que dejaran de cobrarme cinco euros por el alquiler del teléfono que tengo en un cajón desde hace dos años. Me ofrecieron que lo comprara por 2,95 euros. Ahí lo tenéis, lo he sacado para hacer la foto.
Aparte queda la dificultad para darse de baja de muchos de estos operadores, a pesar de las imposiciones que se les han ido fijando desde la Administración para evitar prácticas abusivas. Por mi parte, seguiré tratando de cortar esta invasión desde mi modesta casa, aunque es posible que sea mejor hacerlo colgando abruptamente que tratando de ser amable con quien al otro lado del hilo trata de venderme su moto.
Este molestísimo spam telefónico se ha convertido en una plaga, y hay quien defiende el argumento de que crea puestos de trabajo. Yo, la verdad, no defendería que se contratara a gente para dar latigazos a los transeúntes, empujar a la gente a las vías cuando se acerca el tren o aparcar sus coches en pasos de peatones.

lunes, abril 20, 2009

Los problemas de la enseñanza


Vuelvo a esta esquinita después de unos meses en los que el trabajo me ha tenido más ocupado, además del curso y las prácticas del CAP, que ya he aprobado. Pero no ha sido mi experiencia en la obtención del certificado de aptitud pedagógica lo que me ha decidido a escribir sobre la enseñanza. Ha sido, más bien, el recuerdo de la experiencia docente de mi padre, que serviría para escribir la historia de la enseñanza en España en los últimos 40 años, y también haría su aportación como estudio sociológico del que podríamos extraer muchos y valiosos datos.
Durante mucho tiempo, desde que los gobiernos de Felipe González abordaron la reforma de la enseñanza, mi padre y yo hemos debatido sobre el tema, aunque más bien podría decirse que he asistido a sus lecciones. Y es que la gran certeza que los políticos, tanto el mencionado como sus sucesores, han olvidado –u obviado–, es que son los propios docentes los que conocen la materia y saben cómo hacerla funcionar para evitar lo que en los últimos años se ha vuelto tan común: fracaso escolar, violencia en las aulas y fuera de ellas, drogas...
Cuando se van a cumplir seis años de la jubilación de mi padre, todo esto volvió a la memoria familiar el pasado miércoles, caminando por el paseo marítimo de Cádiz, donde nos encontramos con uno de sus compañeros de fatigas, Pedro Parrilla, catedrático de historia. En los pocos minutos que el tiempo nos dio de tregua –la foto es de otro día, mucho más soleado– hasta que las nubes decidieron descargar violentamente lo que venían largamente anunciando, Pedro nos contó cómo su vocación venía heredada de sus abuelos, padres y tíos, se había transmitido a siete de sus hermanos y él mismo, casi sin quererlo, se la había contagiado a sus dos hijos. Un resumen bien detallado lo podríamos encontrar, nos anunció, en La Voz de Cádiz del domingo anterior, en una entrevista que le habían hecho con motivo de su reciente jubilación. Como no tiene desperdicio, incluyo un enlace para quien quiera leerla.
No hacía ni una hora –es lo que tiene ir a Cádiz con mi padre–, habíamos estado charlando con un ex alumno de aquellos primeros años en los que comenzó a enseñar inglés, además de literatura, francés... y de dirigir el grupo de teatro, llevarlos de excursión... Las batallitas recordadas con uno y otro me hicieron reflexionar, una vez más, sobre el cambio tan drástico que ha sufrido la enseñanza, que ha llevado a unos excelentes y motivados profesionales a prejubilarse para huir de un ambiente hostil y de un alumnado conflictivo y enemistado con todo lo que pueda suponer disciplina o respeto a los demás.
Y comparo lo que me decían en las clases del CAP –“los grupos más conflictivos se deben dejar a los profesores más experimentados”–, es decir, la teoría, y la realidad de la inmensa mayoría de los institutos, en que el último en llegar, literalmente, se tiene que comer el marrón. Mi padre, puedo presumir, fue de los pocos que afrontaron la responsabilidad de ocuparse de los grupos más conflictivos, pero la realidad más común es bien diferente, y explica la multiplicación de las bajas por depresión de profesores titulares e incluso, a veces, de sus sustitutos, lo que conduce a la figura del sustituto del sustituto.
Señores políticos, cuando decidan poner en manos de los docentes la gestión de la enseñanza, empezaremos a ver resultados positivos. Y hablo de docentes experimentados, no de los que emplean sus puestos para medrar políticamente y apenas imparten unas horas de clase para justificar su sueldo.

miércoles, enero 07, 2009

Por qué MSF


No me gusta hacer proselitismo porque sí, ni presumir. Pero el hecho es que hasta hace un año, más o menos, me planteaba la posibilidad de aportar una pequeña cantidad mensual a alguna ONG, y me preguntaba constantemente a cuál. Algunas han adquirido mala fama por supuestas –o demostradas– malas prácticas en la gestión de sus fondos o en la práctica de sus actividades. Otras tienen muy marcada su adhesión a partidos, sindicatos o religiones. Y yo no quería nada de eso, quería ayudar a una ONG que ayude a los demás, y punto, sin pedir nada a cambio, ni siquiera un reconocimiento especial que haga más famosos o atractivos a sus representantes a ojos de los demás.
Mi conclusión, después de informarme ampliamente, coincidió con mi idea inicial. Escogí Médicos sin Fronteras no por su premio Nobel de la Paz, de 1999. Lo hice porque los veo a menudo en las noticias, porque me gusta conocer la realidad internacional y allá donde hay un conflicto, veo a gente valiente que está allí para ayudar, no a un bando o a otro, sino a las víctimas, que no tienen color sino sufrimiento.
El año pasado MSF obtuvo un Goya por el documental Invisibles, y eso también le dio notoriedad, pero hubo mucho más, desde las campañas de vacunación a la ayuda prestada en diversas emergencias, además de sus misiones permanentes. Un resumen de su labor en 2008 se puede ver en un vídeo que, por su peso, no puedo colgar en este blog, pero que se puede ver pinchando aquí.
Todo esto se puede hacer aportando tan sólo diez euros al mes, gracias a que tiene 3,8 millones de socios. Pero aunque parezcan muchos, no lo son. Aún hace falta más, así que aquí enlazo su web, por si alguien más se anima.
¡Ah! Y feliz año a todos.

lunes, diciembre 29, 2008

Sorprendente Cádiz


























He aprovechado uno de mis pocos días de vacaciones navideñas para pasear como un turista por Cádiz. Hace muchos años que no me daba ese placer, iba siempre a tomar unas cañas, a cenar, a la playa, a ver a Gema... Esta vez decidí pasear, ver todo eso de lo que he oído hablar en los últimos tiempos, y también volver a otros lugares que apenas mantenía en el recuerdo.
Lo primero fue la Punta de San Felipe, donde descubrí los dobladillos tan de pequeño, que ni recuerdo cuándo. El dobladillo: tan sencillo como rico bocata de caballas de lata con rodajas de tomate y mayonesa. Y aquello ha cambiado, los rellenos de tierra sobre el mar han transformado la configuración del lugar, pero en esencia sigue siendo el extremo de la boca del puerto de Cádiz, lleno de pescadores y de gatos esperando la limosna en forma de pescado.
Lo que más me sorprendió, por cómo lo había relativizado en mi memoria, fue el parque Genovés, repleto de plantas cuidadísimas y verdes, muy verdes, en contraste con el albero. Y la cascada... No pude reprimir el impulso de subir a lo alto para ver desde allí el otro extremo de la Bahía.
Otra sorpresa fue el castillo de Santa Catalina, que hasta hace pocos años fue militar y desde su recuperación para la ciudad se ha restaurado y se puede visitar. Y la verdad, creo que es como viajar en la máquina del tiempo. Espero que el castillo de San Sebastián, en el otro extremo de la Caleta, quede igual de bien para el segundo centenario de la Constitución de Cádiz, en 2012.
El Campo del Sur, las catedrales, el teatro romano –sigue siendo mi asignatura pendiente– me recuerdan que tengo que ir más por allí. El día se me hizo corto y ya sólo pude visitar la casa del Obispo, que es como cortar transversalmente el terreno para ver la historia de Cádiz, y subir a la torre de Poniente de la catedral. Muchos metros de subida en rampa, que se hacen cortos por los ventanales que se van interponiendo en el camino, y al llegar arriba, la sensación de tener a la ciudad en las manos, que te hace sentir el malo de una película de terror gracias a la tenebrosa voz en off que, desde un altavoz, te cuenta la historia de lo que desde allí se puede ver.
Para coronar todo esto, y antes de tomar un café en casa de Gema, pescaíto frito en Las Flores, el mejor broche de un día en Cádiz.

miércoles, diciembre 10, 2008

Vuelta a mi estrés (del bueno)

Quien me conoce sabe que no puedo andar quieto, así que se podría decir que vuelvo a mi estado natural. Después de un par de meses de desintoxicación de mi anterior trabajo, esta semana he vuelto a una redacción, la de Control Publicidad, revista con la que colaboro habitualmente y en la que voy a cubrir una baja por maternidad durante los próximos meses.
He llegado en pleno cierre y, por si fuera poco, ayer, el mismo día que empecé allí, asistí a mi primera clase de Historia del Arte en el instituto, en el nocturno, para que me dé tiempo a todo. No, no vuelvo a hacer COU, iba como profesor en prácticas del CAP, otro entretenimiento que me he buscado y que este sábado me llevará por tercera vez de 9 a 14 horas a Somosaguas. Vamos, que me levantaré a las siete de la mañana.
Así que tendré que esforzarme por mantener alimentado este blog que, según el Analytics, reclama su dosis de letras más o menos frecuente para no caer en el olvido de mis poquitos lectores. Además, intentaré contar cosas interesantes y no seguir hablando de mí, que no creo, la verdad, que lo sea mucho. Trataré también de no excederme contando anécdotas sobre las maltratadas salas de cine, que Santiago ya me ha llamado la atención.
La verdad es que tengo más buenas noticias sobre mí y mi futuro, y ésas sí me apetece contarlas, pero prefiero hacerlo cuando sean presentes, y para eso me toca currar bastante para llegar a mayo con el trabajo a punto.